¿Por qué comemos palomitas en el cine?

Palomitas
 

¿Por qué comemos palomitas en el cine?

Ni pinchos de tortilla, ni lomo embuchado, ni bombones, ni sugus. Palomitas. Eso es lo que queremos comer cuando vemos una peli. ¿Será porque no hay que quitarles la cáscara como a las pipas? ¿Porque no lo dejan todo perdido como los cacahuetes? ¿Porque cuando las mordemos no hacen ruido como el turrón? Pues también, también por eso. Pero, sobre todo, porque nos huelen a cine.

Y si nos huelen a cine es por algo, amigos. Hagamos un poco de historia y sepamos a qué se debe que, a día de hoy, no nos dé por engullir donuts mientras soltamos el lagrimón con un drama muy dramático, ni por zampar lacasitos al tiempo que echamos unas risas con una comedia gamberra.

Dejad que retrocedamos ochenta y tantos años, hasta la Gran Depresión que vino después de los felices años veinte y dejó a la población estadounidense hecha puré y a cantidad de familias pasándolas muy canutas (habéis visto Las uvas de la ira, ¿no?). Pues bien, en aquellos difíciles tiempos, como en tantos otros, el cine hizo de consuelo y entretenimiento para todo el mundo, porque era muy barato y hasta en aquel país empobrecido se lo podía permitir casi cualquiera.

Y esa ya era una buena cosa, pero a alguien se le ocurrió acompañar el visionado de las pelis con algo que sirviera para mover las mandíbulas; algo que costara muy poco y que se pudiese fabricar en cantidades enormes. Las palomitas de maíz eran el candidato definitivo: la humanidad ya tenía cantidad de experiencia fabricándolas (parece ser que en México se preparaban hace, agarraros, seis mil años), y las primeras maquinitas para hacerlas se habían inventado en el siglo XIX. Y encima, tenían un montón de energía que les iba a sentar muy bien a aquellos humildes y famélicos espectadores.    

Así que se pusieron de moda las palomitas y el cine, el cine y las palomitas. Y las dos cosas quedaron unidas para siempre en la mentalidad de la muchachada. Pasó la depresión, pasaron las guerras y los terremotos, pasaron los pantalones de campana y las películas de Chuck Norris, y el feliz matrimonio de las palomitas con el cine, convertido en costumbre universal, sobrevivió a todo. 

Por estas ironías de la vida, no hace mucho que el presidente de Sony Pictures propuso que en las salas se sirvieran cosas con menos calorías que el maíz que hace pop. Lo que en su día era una virtud, ahora ya no lo parecía tanto. Pero tengamos un poco de sentido común: ¿quién piensa en calorías en una sala oscura y delante de una pantalla grande? ¿Quién quiere ver Star Wars rebañando pasta de boniato? El cine huele a palomita y la palomita huele a cine. Y no hacen falta cubiertos. Y no manchan. Y pesan poco. Rindámonos: ¡son perfectas!

Acércate a Kinépolis, hazte con tus palomitas, entra en la sala, espera a que se ponga oscura, espera un poco más hasta que empiece la música, coge una palomita y mastícala lentamente, sin dejar de mirar la pantalla. Estarás repitiendo un pequeño ritual que está a punto de cumplir cien años.